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Nadie está preparado para vivir un momento que parte la vida en dos. Un estadio, una sala de conciertos, una avenida cualquiera pueden convertirse en lugares que ya no se pisan igual. Las sociedades modernas suelen reaccionar igual que las personas, primero se unen, luego intentan comprender y, con el tiempo, se quiebran en sus propias interpretaciones del dolor. Lo vimos tras los atentados de París en 2015 y lo hemos visto en otras ciudades, desde Londres hasta Barcelona. La pregunta importante no es qué pasó, sino qué nos pasó.

Durante las primeras horas tras un ataque, la ciudadanía siente que forma parte de un mismo cuerpo. Las velas, el silencio colectivo, las colas para donar sangre o los mensajes de apoyo en redes no son solo gestos simbólicos. Son una manera de convencernos de que seguimos siendo un “nosotros”. Ese momento dura poco. El miedo llega después, se instala en la conversación pública y empieza a mover las piezas.

Lo que se rompe no es la solidaridad, sino la percepción de la normalidad. La gente ajusta su rutina, observa más, desconfía más, deja de usar ciertos espacios o se vuelve más dependiente de la idea de “seguridad”. Lo personal se mezcla con lo político. De repente se vuelve aceptable decir cosas que antes generaban rechazo social. Aparecen discursos de “mano dura”, de “ellos y nosotros”, de “algo habrá que hacer”. Son frases que crecen al amparo de un miedo que nadie reconoce en voz alta, pero que condiciona casi todo.

El problema es que el miedo no se reparte de forma igual. Algunos sectores lo viven como un llamado a reforzar la comunidad, a cuidar los vínculos y luchar contra el odio. Otros lo interpretan como la confirmación de que el mundo es peligroso y que la protección solo puede venir de fronteras cerradas, vigilancia ampliada o recortes de libertades. El resultado es una sociedad que, irónicamente, puede volverse más vulnerable al extremismo político que al propio terrorismo.

Las redes sociales amplifican este proceso. Cada uno ve un fragmento distinto de la realidad, y ese fragmento se vuelve suficiente para sostener certezas absolutas. Los algoritmos no distinguen entre análisis serios y discursos incendiarios, solo entre lo que retiene la atención y lo que no. En ese ambiente, el dolor colectivo se transforma en arma arrojadiza. Lo que empezó como un trauma compartido termina convertiéndose en un campo de batalla moral.

Y sin embargo, hay algo que no se dice lo suficiente: las sociedades no están condenadas a radicalizarse después de un golpe. No es inevitable. Depende de cómo hablamos de lo que pasó, de si permitimos que el miedo determine nuestras conclusiones y de si aceptamos que una sociedad plural siempre vivirá en tensión entre seguridad y libertad.

También depende de algo que no solemos admitir. Los traumas colectivos nos obligan a elegir qué tipo de comunidad queremos ser. Una que responde al miedo cerrándose, o una que intenta usar el dolor para fortalecer la convivencia en lugar de romperla. No es una decisión abstracta, es cotidiana, cómo informamos a nuestros hijos, cómo discutimos en redes, cómo tratamos al vecino que no piensa como nosotros.

El peligro real no está solo en un acto violento, sino en lo que viene después. En cómo dejamos que cambie nuestra forma de convivir, de confiar y de imaginar el futuro. La violencia busca precisamente eso, que nos transformemos en su nombre.

La pregunta que queda es incómoda pero necesaria.
¿Qué versión de nosotros mismos queremos que sobreviva al miedo?