En los últimos meses se repite una idea en titulares y conversaciones: cada vez más personas compran vivienda por su cuenta. La imagen resulta atractiva. Una generación que prioriza la autonomía, que rompe con la tradición de “primero pareja, luego casa” y que se atreve a saltar al mercado inmobiliario sin esperar a nadie. Pero ¿es realmente un cambio estructural o estamos amplificando casos particulares? ¿Es un fenómeno transversal o sólo posible para un tipo muy concreto de comprador?
La soledad no explica, por sí sola, el incremento
Es cierto que los hogares unipersonales están creciendo. La tendencia viene de décadas atrás y responde a factores distintos: retraso de la formación de parejas estables, rupturas sentimentales a edades donde ya existe capacidad económica para independizarse, movilidad laboral, urbanización acelerada y una cultura individualista que valora la autonomía más que en generaciones anteriores.
También es cierto que la pandemia intensificó ciertos comportamientos. Algunas personas buscaron mayor compañía, pero otras descubrieron que podían —o querían— vivir solas sin culpa social ni miedo económico.
Sin embargo, que aumenten los hogares en solitario no significa automáticamente que estén aumentando los compradores individuales. La clave no es la soledad en sí, sino quién puede convertir esa soledad en propiedad.
No es un fenómeno general, es un fenómeno de clase
La imagen del comprador solitario suele ocultar algo decisivo: este modelo no es accesible para todos, ni siquiera para la mayoría, ya que adquirir una vivienda en solitario depende de variables muy concretas:
– altos ingresos,
– ahorro acumulado,
– trabajos estables,
– ayudas familiares o herencias,
– territorios donde los precios aún permiten comprar en solitario,
– capacidad para asumir reformas, impuestos y mantenimiento.
Es decir, no estamos ante una democratización del acceso a la vivienda, sino ante una segmentación. El comprador solitario no es la norma, es la punta visible de un proceso desigual.
Quien puede comprar solo suele pertenecer a una élite económica joven que ha vivido años en alquiler mientras acumulaba ahorros, o que ha recibido transferencias familiares. Esta realidad está tan normalizada que a veces ni quienes la protagonizan reconocen hasta qué punto la ayuda externa ha sido determinante.
Por eso, hablar de “auge del comprador solitario” sin mencionar la desigualdad que lo sostiene es como hablar del aumento de runners sin decir que algunos corren con zapatillas de 200 euros.
La ruptura de pareja como factor estructural
Otro fenómeno que alimenta estas cifras, a menudo invisibilizado, es el aumento de hogares unipersonales derivados de rupturas. Cuando una relación se rompe a los 30 o a los 40, es más probable que en el hogar hubiera ya una vivienda en propiedad. Al separarse, ambos miembros necesitan encontrar un nuevo espacio en el mismo entorno laboral, social y familiar.
Esto incrementa la demanda de vivienda para una sola persona. Y, en algunos casos, quienes tienen capacidad económica optan por comprar. No porque quieran experimentar la “aventura de la propiedad en solitario”, sino porque no les queda otra.
La digitalización también empuja
La digitalización añade otro elemento interesante. Hoy la compra de vivienda se ha acelerado, simplificado y gamificado. Las plataformas digitalizan procesos, ofrecen comparadores, agilizan hipotecas y generan un clima de inmediatez: “compra ahora, te lo están quitando de las manos”.
La sociología del consumo recuerda que cuando las decisiones se aceleran, se vuelven también más emocionales. El comprador solitario encaja bien en esta lógica: personas informadas, con capacidad de pago, que valoran la rapidez y la independencia en la toma de decisiones.
No es casual que muchas operaciones individuales tarden menos en cerrarse. Cuando sólo decide una persona, la transacción encaja mejor en el ritmo acelerado del mercado.
¿Podemos hablar, entonces, de un cambio profundo?
Sí hay una tendencia real, pero no es tan transversal como parece.
Está creciendo un tipo de comprador individual, pero está creciendo dentro de un segmento concreto. No estamos ante una transformación cultural que abarque a toda la sociedad, sino ante un fenómeno que convive con una crisis histórica de acceso a la vivienda para la mayoría.
Mientras algunos compran solos gracias a su estabilidad económica, muchos otros ni siquiera pueden alquilar sin compartir piso. Mientras ciertos grupos hablan de libertad residencial, otros experimentan una vulnerabilidad habitacional cada vez mayor.
Por eso, más que preguntarnos si “cada vez más gente compra sola”, la pregunta sociológica relevante es otra:
¿quién puede permitirse comprar a solas en un mercado que expulsa a la mayoría?
Esa diferencia, más que la tendencia en sí, es la que nos explica cómo se reconfigura hoy la vivienda, la autonomía y la desigualdad en España.



